domingo, 17 de julio de 2016

PARA ENTENDER EL MIEDO

MIEDO, MEMORIA Y FUTURO

      "Crece el mal por razones que ignoramos y es una inundación con propios líquidos...Señor Ministro de salud: ¿que hacer?" -Los nueve monstruos- Cesar Vallejo 

La cotidiana, abundante y detallada dosis informativa sobre hechos delictivos, violencia y muerte, generan una creciente sensación de inseguridad y miedo. Pero no solo eso. Generan también oportunidades de negocio  no solo para el mercado de la seguridad y sus dispositivos tecnológicos, sino que también propicia la corrupción por las medidas de urgencia que se dictan sin control para enfrentar la inseguridad. Pero sobre todo, pavimentan el camino hacia el control total sobre la población, mediante la identificación biométrica (la marca de la bestia), que permite la ubicación y aniquilamiento selectivo no solo de los delincuentes sino también, de quienes resulten incómodos para el poder, cualquiera que este sea.

La codicia, la violencia y el miedo son los verdaderos nombres de la competitividad, la eficacia y la eficiencia, que son los motores del capitalismo neo liberal cuyo verdadero rostro es necesario desvelar. Intentaremos aquí, aproximarnos al miedo, señalando algunos de sus efectos, usos y beneficios, para entenderlo en su complejidad.

En palabras de la historiadora Claudia Rosas Lauro[1]: “El miedo se define como un sentimiento de inseguridad frente a una amenaza identificada, que puede ser real o ficticia. Es decir, podría no existir tal amenaza, pero se percibe como un elemento perturbador que pone en riesgo nuestra seguridad…los miedos pueden ser instrumentalizados por el Estado, la Iglesia, los grupos de poder económico o los partidos políticos para lograr sus propios fines. Para ello, son difundidos por medios de comunicación no solo mediante noticias, sino también rumores o datos falsos que alimentan los temores y se conectan con prejuicios y estereotipos de la población.[2]” 

El miedo que habita en los seres vivos acompaña al animal humano desde el comienzo de su historia. La necesidad de asegurar su existencia enfrentó a  los primeros humanos con los riesgos de su entorno ambiental. La inseguridad resultante de esa tensión le obligo a desplegar su inventiva para sobrevivir en el medio hostil. Hubo necesidad de pasar de la manada, de la horda a la tribu, a la comunidad; y de imaginar divinidades propicias que le protegiera de las amenazas a su existencia. Organización social y religiosidad fueron herramientas indispensables para sobrevivir. Como individuos solitarios, competidores y profanos difícilmente hubiera podido hacerlo y  escalar su desarrollo. A partir de un cierto momento, el miedo empezó a ser utilizado como instrumento de dominación. La aparición de la propiedad privada, la familia patriarcal y el estado, necesitó justificarse como mandato divino –nuevos dioses “únicos y verdaderos” desplazaron a las antiguas divinidades naturales, simbolizando el cambio hacia las sociedades disciplinarias que han  permanecido hasta hoy, pero que ya resultan inadecuadas frente a los procesos de integración económica mundial, la incesante urbanización/desruralización y el acelerado despliegue de las nuevas tecnologías que amplían el campo de lo posible.

La civilización del capital requiere de un nuevo orden mundial para orientar los procesos en curso hacia su finalidad suprema: La rentabilidad de sus negocios. Habiendo agotado ya todas sus promesas de Democracia y Libertad, proclama hoy  la Seguridad como pretexto para hacerse del control total de los recursos necesarios para la continuidad de su poder en todo el planeta[3].

Guerras, terrorismo, delincuencia, desempleo, epidemias,  entre otros, son los nuevos círculos del infierno que actualizan el miedo como fenómeno universal. El castigo eterno, esgrimido por el poder en la edad media, fue contestado y reemplazado por el reino de la razón, el individualismo y la idea de progreso de la modernidad colonial. Pero el reinado de la razón instrumental de “el fin justifica los medios” ha devenido ya en razón cínica[4] del “todo vale para triunfar”.

Todos los ámbitos de la actividad humana (salud, educación, cultura, etc) son invadidos por la lógica de la mercancía, pero además, se formatean las conciencias modelando los deseos de los individuos para que sigan ciegamente las tendencias del mercado como antes los rebaños iban en pos de su alimento. El capitalismo necesita fabricar consumidores que absorban lo que produce[5]; pero como ya no puede asegurar el pleno empleo ni un ingreso para todos, aparece la trasgresión (y el delito) convertida en un mal necesario para la civilización del capital. La inseguridad creada obliga a los ciudadanos a replegarse en un individualismo feroz, renunciando a su propia libertad en nombre de la seguridad. Este miedo a la libertad les impide ver la descomposición social[6] y el laberinto sombrío en el que nos encontramos sumidos. La seguridad se convierte en el negocio del momento. El neoliberalismo es una contrarrevolución capitalista que promueve la restauración de la barbarie como modelo de acumulación de capital, en donde impera la ley del más fuerte, del más astuto, del más rufián; con el despojo, la estafa y el crimen como modalidad operativa.

El miedo en el Perú es una pesada herencia colonial. El terrorismo evangelizador aplicado mediante la extirpación de idolatrías sentó las bases de esa cultura del miedo que nos acompaña hasta hoy, sintetizada en esa frase acuñada en la época de las haciendas: “Calla, reza y trabaja”. La violencia y el silenciamiento son los pilares del mal llamado “principio de autoridad”. La adjetivación descalificadora de “idolatra”, “hereje” o “infiel” de ayer se ha convertido en “antisistema”, “antiminero” o “terrorista” de hoy, utilizadas para señalar a quienes el estado/mercado considera enemigos y es un eficaz instrumento de castración intelectual aplicado por los inquisidores de todos los tiempos, impidiendo una reflexión seria sobre el destino de nuestro país.

La inoculación del miedo resulta eficaz por la  precarización de las condiciones de existencia (empleo, educación, salud, etc), que multiplica los riesgos y reduce las protecciones. La mercantilización de la vida social convierte todo vínculo en una relación de costo/beneficio, que sustituye la confianza y cooperación por rivalidad y competencia. Las aspiraciones de mayor consumo requieren de un mayor ingreso que obliga a reducir los tiempos compartidos de los afectos, de los cuidados, y de la vida familiar. La publicidad que estimula el consumo es la misma que instituye el miedo a perder y su manipulación.

¿Y cómo enfrentar al miedo?
En su trabajo sobre EL TERROR COMO EJERCICIO DEL PODER, Augusto Castro[7] señala que el miedo a la muerte es el miedo por excelencia y su manipulación para consolidar, legitimar o conquistar el poder es una forma de terror. Partiendo de esta constatación propone una alternativa considerando una perspectiva ética: SABER VIVIR, JUSTIFICANDO NUESTRA VIDA, en donde el “no tener miedo a la muerte” signifique EL PLENO RECONOCIMIENTO DE LA VIDA A PESAR DE SU LIMITE Y PRECARIEDAD cuya meta sean LA PAZ y EL BUEN VIVIR, garantizando la diversidad y en especial, protegiendo a los más vulnerables y promoviendo a quienes hasta hoy están excluidos de las oportunidades.

¿Y cómo materializar esta alternativa?
Recogiendo el legado de nuestra Cultura Andina prehispánica para imaginar un futuro más allá de esta civilización predadora y consumista. Para salir de este laberinto necesitamos desmontar esa cultura del miedo. Necesitamos reconocer que vivimos una guerra entre la lógica de la mercancía y la lógica de la naturaleza que en 500 años no ha podido cortar nuestras raíces. Necesitamos abrir espacios de encuentro y conocimiento para defender la vida, promover la paz y garantizar el respeto a la diversidad.

Como Colectivo Cultural asumimos la Misión de sembrar lo bueno de lo nuevo y lo mejor de lo que hubo antes de lo cristiano occidental. Pero antes, remover el ambiente en el que vivimos, aireándolo con el encuentro de las diversidades, el conocimiento, la reflexión y la discusión. En las próximas ediciones de TARPUY iremos discutiendo la forma en que opera la cultura del miedo en el Perú aplicando el concepto de Inteligencia Colectiva, basados en el convencimiento de que nadie lo sabe todo y que todos sabemos de algo, que puede aportar valor al conocimiento general, avanzando del “Yo pienso” al “nosotros pensamos”, forjando nuestra Memoria Histórica como herramienta de transformación.

Calixto Garmendia

Lima, julio 2016



[1] Claudia Rosas Lauro, Doctora en Historia por la universidad de Florencia, Italia. Ha editado EL MIEDO EN EL PERÚ, siglos XVI al XX,  Fondo Editorial de la PUCP, 2005
[2] MIEDO Y ELECCIONES EN EL PERÚ, por Claudia Rosas Lauro, EL COMERCIO,  jueves 31 de marzo del 2016.
[3] El INFORME CHILCOT sobre la intervención en Irak muestra que la política de CONMOCIÓN Y PAVOR es una estrategia imperial
[4] CINISMO,  CORRUPCIÓN Y VIOLENCIA EN EL PERÚ. Julio Mejía Navarrete. YUYAYKUSUN. Revista del Departamento de Humanidades de la Universidad Ricardo Palma. Nro 7 – Noviembre 2014
[5] EL DESEO SINGULAR, Bernard Stiegler,
ARTE REI, Revista de Filosofía, nro 74, marzo 2011
[6] SOCIEDAD DESCOMPUESTA, Francisco Durand, 04/09/2015, Semanario “Hildebrandt en sus trece”
[7] EL TERROR COMO EJERCICIO DEL PODER, Augusto Castro Carpio, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tokio, Director del Instituto de Ciencias de la Naturaleza, Territorio y Energías Renovables (INTE-PUCP) y Coordinador del Grupo de Investigación Ética, Ambiente y Sociedad.

martes, 15 de marzo de 2016

EL MIEDO EN EL PERU



INSEGURIDAD Y MIEDO


Los vientos de crisis que soplan sobre el escenario global y el desborde delincuencial que aquí amenaza la seguridad de las personas, hacen propicio el retorno de la lógica del terror, amparada en la amnesia proverbial de los peruanos. Con ella, el miedo se convierte en un eficaz instrumento de manipulación y control, que paraliza a los ciudadanos dificultándoles ver la descomposición social[1] y el laberinto sombrío en el que nos encontramos atrapados.     

Las estadísticas[2] muestran que la delincuencia ha crecido en relación directa con el crecimiento económico habido desde la última década del pasado siglo; pero también evidencian que la vinculación entre delincuencia y poder no es un hecho reciente, tal como lo muestra el trabajo del historiador de la economía,  Alfonso W. Quiroz[3]. La corrupción, el abuso y el crimen vinieron inscritos en el ADN de los encomenderos cristianos europeos que fundaron el Perú bajo el signo de la codicia.

La visión fragmentada de la realidad presenta los hechos desvinculados de la totalidad que conforma la existencia social de los peruanos, permitiendo su distorsión  y manipulación.

Esa visión fragmentada de la realidad podemos encontrarla en la conflictividad latente debajo de la idea del “progreso”, cuyos proyectos ocultan tanto la destrucción ambiental y del patrimonio cultural como la degradación de las condiciones de vida de las poblaciones que habitan en el entorno de los yacimientos o espacios codiciados. La magnitud de este daño no se hace visible debido a la ceguera causada por el mito de que “el Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”, que sigue siendo el sentido común dominante que nutre esa idea del “progreso”.

La incertidumbre vital, resultante de la precarización de las condiciones de existencia (trabajo, educación, salud, etc)que multiplica los riesgos y reduce las protecciones, es presentada como una “oportunidad” para el triunfo de los individuos competitivos, capaces de alcanzar el éxito a cualquier precio. La fiebre del “emprendedurismo” puede dar fe de ello.

La mercantilización del tiempo libre, que expropia los tiempos compartidos de los afectos, de los cuidados, de la vida familiar, erosionando la calidad de vida cuyo deterioro crece conforme crecen las aspiraciones de consumo y de mayor ingreso, conformando una espiral destructiva del entorno ambiental. Convergiendo con la reducción del tiempo familiar compartido, está el incremento de la densidad poblacional en el espacio físico de las viviendas; la desaparición de los espacios públicos de recreación y la proliferación de centros comerciales, que van de la mano con el incremento de sumideros conductuales (adicciones, pederastia, feminicidio, entre otros).

Si el futuro es hoy, este es el futuro al que nos ha traído esa idea del “progreso” impuesta bajo la lógica del capital. Nos interesa el futuro, porque es allí donde van a vivir nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Creemos necesario modificar radicalmente este presente, disipando temores y despejando el horizonte para construir un futuro diferente.

El miedo y la angustia crecen allí donde la precariedad y la incertidumbre son el pan de cada día[4]. Sin un ingreso que permita una calidad de vida acorde con nuestra dignidad humana, el miedo inducido cumple su función de ablandar resistencias y someter la voluntad de las personas. El miedo es un reflejo natural con el que los seres humanos  reaccionan ante situaciones de riesgo. En un individuo sano, el miedo puede ser un catalizador de sus potencialidades y la eficacia de su respuesta será mayor en la medida en que sea capaz de actuar cooperativamente con quienes se encuentran en condiciones semejantes[5]. Sin embargo, nuestra realidad ambiental cotidiana dista mucho de reunir las condiciones mínimas de salubridad. Según  la Organización Mundial de la Salud, la salud mental es “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad.[6].

El actual paradigma  de competitividad, excelencia y meritocracia forma predadores solitarios capaces de vender hasta su alma por lograr la ganancia inmediata, tener éxito y aparentar lo que no son. Esta “cultura logrera” , impuesta con una infraestructura educativa miserable, programas de estudios recortados y docentes en la más absoluta precariedad -en un país racista y excluyente-  viene mostrando sus resultados en la proliferación de pandillas, sicarios, traficantes de todo tipo y corrupción a todo nivel, que en palabras del Dr. Andrés Zevallos[7], prestigioso psiquiatra, configuran una epidemia de salud mental.

Las soluciones de “mano dura”  reflejan la  incapacidad del Estado peruano para conducir la formación de las futuras generaciones con  vocación democrática e identidad nacional. El Bicentenario de la república encontrará la educación nacional con un número muy reducido de instituciones educativas que cumplen con los estándares internacionales y una inmensa mayoría atrapada entre el espanto de sus carencias y las ilusiones de la publicidad.

Para salir de este laberinto necesitamos aprender a orientarnos  a partir de la recuperación de nuestra Memoria Histórica, para reconocer que esto no siempre fue así, que no todo está perdido y que de nosotros mismos depende remontar esta situación.

En las próximas ediciones de TARPUY, iremos discutiendo las siguientes cuestiones: ¿Qué es el Perú? ¿Existe el Perú como Nación? ¿Es el Perú Chicha una alternativa consistente y viable frente al Perú criollo colonial? ¿Hasta cuándo persistirá la herencia del primer Gonzalo?

Calixto Garmendia

Lima, marzo 2016





[1] SOCIEDAD DESCOMPUESTA, Francisco Durand, 04/09/2015, Semanario “Hildebrandt en sus trece”
[3] “La historia de la corrupción en el Perú”, Alfonso W. Quiroz, IEP, 2013
[4] LAS AMARRAS DE LA ANGUSTIA,  Aracelly Fuentes, 08/10/2014, http://divaneos.com/las-amarras-de-la-angustia/
[5] EL MIEDO COMO INSTRUMENTO DE PRESION,  Xabier F. Coronado, http://www.jornada.unam.mx/2011/10/30/sem-xabier.html

sábado, 16 de mayo de 2015

MEMORIA, CONOCIMIENTO, IDENTIDAD




MEMORIA, CONOCIMIENTO, IDENTIDAD


 "Solo se puede narrar verdaderamente el pasado como es, no como era.
Ya que rememorar el pasado es un acto social del presente."
Immanuel Wallerstein



Este 2015 es año de conmemoraciones. Recordamos los doscientos años del tardío levantamiento en 1815 del Brigadier del ejército colonial español Mateo Pumacahua, y el fusilamiento de su secretario de guerra, el poeta  Mariano Melgar. Tardío porque 35 años antes, fiel al Virrey Agustín de Jáuregui, en 1780 combatió e hizo fracasar el levantamiento de Túpac Amaru II, aplicando medidas de pacificación y escarmiento de barbaridad inigualable.



Se cumplen también cien años del levantamiento en 1915 del Mayor Teodomiro Gutiérrez (Rumi Maki) en Huancané y Azángaro, que se extendió por toda la región del Altiplano y cuya pacificación significó el exterminio de cien mil indígenas puneños. Fue la represión más brutal después de la derrota de Túpac Amaru II.

Pese a la violencia institucional ejercida para contener las demandas de los pueblos indígenas, las luchas por la tierra y por un lugar donde habitar en la ciudad, pasaron al primer plano del escenario político nacional a partir de la segunda mitad del pasado siglo. Con este paisaje de fondo y las depresiones generados por las promesas incumplidas, las reformas fracasadas, los privilegios abusivos, la prosperidad falaz, las constantes frustraciones, corrupción y violencia, se fue conformando el sinuoso cauce por el que discurrió la historia del Estado peruano en los últimos cincuenta años. 

La persistencia del masivo fusilico que dio origen al mestizaje peruano, alienta la aculturación y promueve las trampas legales con las que se continúa con el despojo y las viejas formas de dominación, revestidas hoy de “inversión para el desarrollo, gobernabilidad e inclusión social”. Un claro ejemplo es el cambio de denominación de las antiguas comunidades indígenas llamadas hoy “campesinas”[1] que por tal razón, están excluidas del derecho de autonomía (Consulta Previa) para el uso de sus territorios.

La doctrina basada en la tesis de “El fin de la historia y el último hombre” – del politólogo usamericano de origen japonés, Francis Fukuyama, se ha empeñado en borrar las memorias de los pueblos, proclamando el triunfo de “la civilización contra la barbarie” vendiendo la ilusión de un “presente perpetuo” frente al que no existiría  alternativa posible.

Pero la realidad es siempre contumaz frente a todo intento de reducirla a la visión de los vencedores, invasores y dominadores. Los vencidos --no dominados-- en dura lucha de resistencia, han demostrado siempre ser como los muertos de Don Juan Tenorio: Gozan de buena salud!

Eso es lo que está pasando con los pueblos indígenas andino amazónicos, 480 años después de la invasión cristiana y la fundación del Perú. Los vencidos de entonces y hasta hoy, “Siguen siendo” aun cuando su Visión no aparezca todavía para terciar en la discusión sobre su destino y el Estado que los represente. Pero se hacen ya evidentes, cada vez con mayor fuerza. Demetrio Rendón Willka se está encarnando en las luchas de Conga, Pichanaki, Bagua o Islay.

En el Perú, la vieja idea del Estado como “constructor de la nación” sigue prisionera de su matriz criolla colonial. El debate se da entre las posturas de la “inclusión” (izquierda) y de la “estabilidad”(derecha)sin reconocer ni aceptar la autonomía de los pueblos indígenas. Lo que obliga a luchar por la postura del “reordenamiento histórico”. Un debate reciente, ilustra esta afirmación.

Dice Matos Mar que “Durante dos siglos de vida republicana, el Perú ha vivido una dolorosa fractura entre estado y nación”[2]. Señalando que la nación peruana se encuentra en un proceso de gestación, con mesurado optimismo apuesta por la emergencia de los sectores populares como impulsora de la identidad nacional. Esta visión se inscribe en esa línea de pensamiento que nos habla de la existencia de un “Perú profundo” (Jorge Basadre) o de un “Verdadero Perú” (Manuel Gonzales Prada). Cuidándose de dejar en claro su pretensión de equidistancia con los “pututos del encono” y el “abuelo corregidor”[3].

Por su parte, Felipe Ortiz de Zevallos[4] nos ofrece la mirada de la estabilidad, que da prioridad a las “instituciones, estado de derecho y el imperio de la ley”, señalando que la debilidad de la base social peruana es resultado de las derrotas de las rebeliones de indígenas y mestizos anteriores a la independencia. Sin cuestionarse su exclusión en el posterior orden republicano, recurre a  comparar el proceso peruano  con la independencia de los Estados Unidos, obviando el hecho de que esa nación se construyó sobre el  exterminio de la población originaria. Podemos advertir que su silencio dice más de lo que afirman  sus palabras: Los colonos de  allá  hicieron una limpieza étnica que aquí no se  ha terminado (todavía). Esta visión es heredera del pensamiento del primer Gonzalo (Pizarro), pues considera a los colonizadores como los exclusivos forjadores de la nacionalidad, lo anterior es pasado o “utopía arcaica”. Toman partido por el “abuelo corregidor”.

La tercera visión podría inferirse desde la advertencia que hace Matos Mar[5]: “El reto del bicentenario es aprender de la gran hazaña histórica del Otro Perú olvidado y discriminado, pobre y rural, serrano y amazónico, que decidió migrar a la costa para modernizarse, al margen de los gobiernos.… dando origen pacíficamente a un cambio estructural, demográfico y cultural…” apreciación que también puede mirarse, en la perspectiva de Demetrio Rendón Willka, como un proceso de aprendizaje para su Autonomía y su Autodeterminación, puesto que, esa capacidad de resistencia organizada se apoya en sus tradiciones milenarias de reciprocidad y cooperación, distintas del individualismo competitivo de la modernidad colonial. Ello sería posible en la medida en que la Recuperación de la Memoria y su Reflexión, generen la conciencia necesaria para orientarnos en este mundo que se está transformando aceleradamente.

Las formaciones sociales y las estructuras mentales que producen son análogas a las formaciones geológicas. Sus fracturas internas funcionan como la tectónica de placas, cuya dinámica genera sismos de  intensidad variable que puede llegar hasta grandes cataclismos que terminan reconfigurando su geografía.

En esos términos, las fracturas que atraviesan la existencia social de los peruanos corresponden a la discontinuidad en la estructura mental subsistente desde su cristianización. El terrorismo evangelizador aplicado mediante la “extirpación de idolatrías” y las “Reducciones indígenas” constituyó un eficaz “lavado cerebral” con el que los mestizos nacidos después de la invasión, fueron despojados de su identidad; sin raíces y por lo tanto, sin horizonte, quedaron subordinados a la mentalidad colonial.

Las ordenanzas toledanas de prohibir todo derecho a los indios “idólatras, infieles y hechiceros” siguen vigentes  como instrumento de control en el pensamiento criollo dominante, expresándose claramente en la degradación de los seres humanos (los indios son llamas) que permite no solo despojarlos de sus derechos ciudadanos sino exterminarlos sin remordimiento ni reparación alguna: Los desaparecidos y muertos de la guerra interna siguen esperando justicia. Los herederos de la milenaria civilización andina, llamados “indios” o “serranos” por la dominante cultura occidental, constituyen hoy ese vasto movimiento, plural y diverso, que escapa a todos los encuadramientos y manipulaciones con que todas las instancias del poder intentan someterlos a su visión.

"La existencia social de los peruanos –dice  Aníbal Quijano—tiene una historia extensa, intensa, extraña y trágica". Su historia es la historia de la colonialidad: del poder (racialización de las diferencias como base del poder) , del saber (descalificación de los saberes no occidentales) y del ser (imposición de un lenguaje que los subordina e incapacita para un desarrollo autónomo). La modernidad que comenzó con la invasión cristiana de nuestro continente, ha sido un largo y permanente proceso de guerra y de conquista, cuyo reverso es la colonialidad. Esto es, un patrón de poder basado en la codificación de las diferencias entre conquistadores y conquistados a partir de la idea de “raza”, que articula sobre esa base, la explotación del trabajo, la producción de conocimiento, el ejercicio de la autoridad y las relaciones intersubjetivas, produciendo un discurso y una práctica que predica la inferioridad natural de los sujetos colonizados y la libre disposición de la naturaleza como materia prima para la producción de bienes, sirviéndose de una ciencia y una técnica que refuerza la depredación y contaminación de la naturaleza así como la subordinación de los que considera seres inferiores y prescindibles.[6]      

El Estado nación que en el Perú se reclama unitario, desconoce a muchos peruanos su calidad de ciudadanos. Conflictos como los de Pichanaki, Espinar, Conga, Bagua, Islay, entre muchos otros, expresan exactamente lo mismo: Un Estado sin ciudadanos y ciudadanos sin nación, cuya existencia sin raíces produce lo que Augusto Salazar Bondy[7] llamaba una identidad nacional descentrada. El desconocimiento persiste con la negación, ocultamiento, falsificación o desprecio por la historia. Y ello ocurre de una manera tan natural que lo desconocido queda como tal por ser inútil, accesorio o prescindible. Ese desconocimiento ha sido naturalizado e incorporado a la actividad del conocer.

La educación propuesta desde el Estado sigue prisionera de su matriz colonial-criolla republicana por ser responsable de la masiva aculturación que relega a las diversas manifestaciones culturales distintas de la visión criolla al plano de lo folklórico o a los museos, como algo que “ya fue”, “Utopía arcaica” – como sostiene el premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa, imponiendo lo que considera valioso, lo que debe aprenderse y lo que debe descartarse. El sentido común dominante en el vértice de la pirámide social peruana y especialmente, en la dirección del Estado, adolece de “pensamiento abismal”[8].

Ello nos recuerda la responsabilidad de los docentes con relación al conocimiento de nuestra historia y la formación de nuestra identidad. El Conocimiento y la Memoria necesitan integrarse para superar el antagonismo de las visiones contrapuestas que dificultan el diálogo y la reconciliación.

Necesitamos recuperar muchas otras memorias que se integren en una misma corriente descolonizadora, con la memoria de los pueblos indígenas y sus luchas por su territorio y su cultura: La memoria de los afro descendientes con sus cimarrones y sus palenques; de los coolies y sus rebeliones; del movimiento obrero, del movimiento estudiantil, de las Universidades Populares, y de tantas otras fuerzas que pugnan por construir  un horizonte alternativo al que nos ofrece esta modernidad colonial.

En esta línea de pensamiento debemos tener claro que, la mera recordación y conmemoración de hechos históricos decisivos no es suficiente. Para que tenga éxito la recuperación, rehabilitación e integración de memorias históricas, que fortalezcan la identidad y la autoestima de todos y cada uno de los peruanos en el s. XXI, se requiere contar con materiales, procedimientos y métodos adecuados a disposición de quienes trabajen con las nuevas generaciones en el diario educar.  En las condiciones actuales, la batalla por liberar al conocimiento de su herencia colonial es fundamental. Construir una economía al servicio de la vida; afirmar una ciencia y una técnica amigable con la naturaleza; y reconstituir el vínculo social sobre la base de la cooperación y la reciprocidad, requiere liberar al Ser de su herencia colonial[9].

El periodo de la modernidad (colonial) con todo su despliegue de ciencia y tecnología ha sido tipificado como “Civilizacion Tipo 0”, según la escala de civilizaciones de Nikolai Kardashev[10] porque solo es capaz de aprovechar una fracción de la energía disponible en el planeta comparada con la posibilidad de su aprovechamiento eficiente y total, limitación que está condicionada por su espíritu competitivo, tendencia belicista y vocación autodestructiva.

Nuestras respuestas y las alternativas que de ellas se deriven, requieren partir no de una violencia simétrica a la aplicada por los extirpadores de idolatrías sino de un análisis y comprensión de la realidad que produzcan un nuevo conocimiento y una nueva actitud. Rechazamos una solución colonial al problema indígena. Proponemos una Solución Indígena que pasa por recuperar, validar y actualizar el conocimiento alcanzado por nuestra milenaria Civilizacion Andina[11], construyendo la Civilizacion Tipo I – Solar, postulada por Kardashev y difundida por Michio Kaku (2014), para lo que se requiere de un amplio despliegue y movilización de capacidades creativas, liderada por los docentes e implementada en las comunidades educativas, para abrir el camino hacia ese otro horizonte que esperamos todos.

Es hora de pasar a la acción.

Calixto Garmendia

Lima, 05 de marzo del 2015


[1] Decreto Ley 17716, Ley de Reforma Agraria, 24 de junio de 1969
[2] José Matos Mar, “El desborde popular y el Bicentenario”, El Comercio, 01 de marzo del 2015
[3][3] Jorge Basadre, “Meditaciones sobre el destino histórico del Perú”, Lima, Ed. Huascarán, 1947
[4] Felipe Ortiz de Zevallos, “A doscientos años, ¿de qué?”, El Comercio, 08 de marzo del 2015
[5] José Matos Mar, Ib. Id.
[6] Nelson Maldonado-Torres, “Sobre la colonialidad del Ser: Contribuciones al desarrollo de un concepto”
[7] Augusto Salazar Bondy, “Entre Escila y Caribdis – Lima 1973 - INC
[8]Boaventura de Souza Santos, “Para descolonizar Occidente: Mas allá del pensamiento abismal”, FLACSO, 2014
[9]Quijano A. (1998 ) Colonialidad del Poder, Cultura y Conocimiento en América Latina. En Anuario Mariateguiano. Lima, Vol. IX, Nº 9; (2000) La Colonialidad del Saber: Eurocentrismo y Ciencias Sociales. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires, CLACSO-UNESCO; y, (2001) Colonialidad del poder, globalización y democracia. www.urbared.ungs.edu.ar/textos/aquijano.doc.

[10] Kardashev, N.S., "Transmission of information by extraterrestrial civilizations", SOVIET ASTRONOMY, 8, 217, (1964)
[11] P. R. Aco Cataldo, “Mentes misteriosas: A. Einstein, J.C. Tello y Santiago Antunez de Mayolo, K.C. Lima-Peru, 2005. Ver también del mismo autor, sus trabajos sobre ingeniería psíquica y modelos de conocimiento.